Por Manuel Picatoste
Érase una vez que se era, en la muy noble y muy leal ciudad de A Coruña, cabeza, guarda y antemural del reino de Galicia, un grupo de amiguetes que se reunían todos los viernes por la tarde en un bar, próximo a un parque, desde el que poder vigilar los juegos de sus hijos y, quizás, a alguna mamá interesante.
Este grupo de apañeros, casi todos ex miembros de asociaciones de miniaturas de carácter generalista, se dieron en constituir una nueva asociación con el nombre de “Los Alegres Turlurones” en clara referencia a Tintin (ver Tintin y los Pícaros)

Queda claro que dicha asociación no se dio de alta en ningún registro legal, pues solo existe en la calenturienta mente de sus creadores, que van haciendo nombramientos de Turlurón por España adelante, a la que encuentran un incauto que se deje. Baste decir que en sus estatutos tan solo aparecen dos artículos. El primero indica expresamente la prohibición de la existencia de cargos, pues a todo aquel al que nombran jefe de algo se lo acaba creyendo, y de cuotas. El segundo establece como principales obligaciones Turluronas, tras el tradicional saludo chocando con fuerza sus barrigas, hablar de figuras y pasárselo bien alrededor de una pinta de cerveza, o cualquier otra bebida o comida que la ocasión requiera.
Un buen día decidieron concretar una idea que llevaba tiempo rondándoles la cabeza. La realización de una obra coral en la que cada uno de ellos aportase su granito de arena.
El más veterano de ellos, Luis Ontañon, se saco de la manga unas figuras de plomo que tenía desde hace casi veinte años, cuando todavía vivía en Madrid. Todavía no ha podido explicar como consiguió ocultarlas tanto tiempo sin que su mujer se las tirase a la basura. Al parecer dichas figuras podrían, aunque sin confirmar este dato, haber sido modeladas en su momento, felices años ochenta, por Manuel Martín Beato, y fundidas artesanalmente, años heroicos sin fotograbados y masillas de todos los colores posibles, en la trasera de una lechería madrileña. Los más veteranos que vivieron aquellos años modelisticos, saben a lo que me refiero, porque, por si alguien no lo sabe, hubo vida antes de Latorre.
Las figuras en cuestión representaban a varios civiles, fémina incluida, y algún militar en cualquier levantamiento popular contra las tropas napoleónicas. Significar que para los cánones de belleza miniaturística actual, nuestras figuras se aproximaban más a auténticas “cañerías” que a miniaturas de hoy.

Rápidamente, como niños con zapatos nuevos, y ante las caras de incredulidad del resto de parroquianos del local, se pusieron a revolver entre los torsos, piernas, brazos, cabezas y armas para organizar el máximo de figuras posibles, pues necesitaban un mínimo de ocho, tantas como Turlurones en activo. Frases que a todos nos resultan conocidas como “A esta le ponemos una cabeza de Hornet”, “Yo tengo unas manos de Historex que le vendrían de perlas, en vez de esos muñones” o “cinco cervezas más” resonaron repetidamente esa tarde.
Como además tenían un cañón de la época, y entre las figuras, como ya se apuntó, había una mujer, al Turlurón aragonés, Luís Esteban, inmediatamente se le ocurrió la idea de representar a Agustina de Aragón en el momento de disparar su cañón contra los invasores franceses.
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Dicho y hecho. Una vez claro lo que se iba a hacer, se planteo la filosofía de la obra y se distribuyeron trabajos. En cuanto a la primera, al ser una obra realizada por siete personas con talentos pictóricos y modelísticos de distinto nivel, y para evitar excesivas diferencias entre figuras, pues no olvidemos que el objetivo era hacer una obra coral, se estableció que las figuras se pintarían, según el concepto establecido por Juan Manuel Moreno Flores a finales de los ochenta, en dos colores. Es decir la cara con detalle, y los paños con solo una subida de luz y un sombreado. La decisión se tomó por mayoría simple, pues una parte de los Turlurones, lectores empedernidos de diversas revistas de modalismo, defendían la utilización de pinceladas gestuales, acompañadas de suaves degradados que dotasen a nuestras figuras de una gran riqueza cromática y fuerza visual.
En cuanto a la distribución de trabajos esta quedó de la siguiente forma:
- Luís Esteban repasaría las figuras, realizaría alguna pequeña transformación, a nivel de modelista de tipo medio, las imprimaría y pintaría una de ellas.
- Luís Ontañon pintaría una figura.
- Santiago Doel pintaría una figura.
- Antonio Dafonte pintaría una figura.
- Bernado Diaz pintaría una figura.
- Enrique Pumar pintaría una figura, la de Agustina, nada menos.
- Manuel Picatoste pintaría dos figuras y se encargaría de buscar una peana lo suficientemente grande para albergar toda la escena.
- Alfonso Prado se encargaría del cañón y del terreno y ambientación del diorama.
Durante más de un mes, en función del tiempo disponible por cada uno de ellos, se afanaron en pintar sus figuras, enseñándose de viernes a viernes los progresos realizados, y comentándose aquellos detalles que había que retocar o corregir, con el mérito añadido de no acudir a ningún foro uniformológico o similar, tan en boga hoy en día. Al final consiguieron que las camareras del bar donde se reúnen, monisisisímas todas ellas, y otros grupos de parroquianos, también habituales de los viernes como nuestros Turlurones, se uniesen al grupo para ver las figuras y comentar los progresos de la obra. |
A primeros de julio, pues decidieron que la obra se presentaría en público en el II Mundial de Modelismo Napoleónico de A Coruña, paralelo a la recreación de la Batalla de Elviña, estaban todas las figuras pintadas. Una tarde, que se prolongó hasta las 11.30 de la noche y terminó frente a un plato de pasta en un italiano, los encargados de esta fase por el colectivo Turlurón, estuvieron realizando el replanteamiento de la obra. Es decir haciendo pruebas, y pasándoselo pipa, de donde colocaban cada figura, el cañón y todos los elementos de atrezzo necesarios.
Una vez culminada esta fase Alfonso Prado entró en acción, y en tres tardes hizo su parte, sin la que esta obra no sería nada, y logró que una serie de figuras sueltas transmitan una idea sobre lo sucedido en la puerta del carmen de Zaragoza, hace casi doscientos años, con gran fuerza y dramatismo, al espectador de la escena.

Para terminar Luís Esteban dio los últimos retoques a base de pasteles para dar un aspecto general polvoriento, corrigió algún pequeño brillo traicionero y algún inevitable desconchón cuando hay tanta mano por medio, y colorín colorado nuestra escena sobre los sitios de Zaragoza se había terminado.
Esperamos que la escena os guste, aunque solo la veáis en foto, aunque la llevaremos a todos los concursos y exposiciones que podamos, y que este proyecto anime a otros grupos de figureros a plantearse obras en común, que refuerzan lazos de amistad y ayudan a progresar a aquellos miembros del grupo cuyo nivel modelistico es inferior. De hecho ya nos estamos planteando otras. Una en la que intervendremos todos otra vez, y otra en la que solo intervendrán aquellos que hayan acreditado un nivel modelístico superior al tipo medio, y en la que también intervendrá otro Turlurón gallego, Juan Carlos Ávila Ribadas, pero como decía Kipling, eso es otra historia.