SIETE MANERAS DE PINTAR EL METAL , por José Manuel García

En esta ocasión he querido experimentar con diversas técnicas para realizar la pintura de metales en una miniatura y ello ha sido así por dos razones: la primera, evitar la más que probable monocromía que la pieza adquiriría al final, de haber utilizado el mismo procedimiento en las numerosas partes metálicas que la componen; y la segunda, satisfacer mis propias inquietudes pictóricas probando opciones nuevas y comprobando su resultado. Uno de los mayores alicientes que tiene para mí este hobby es  el constante proceso de aprendizaje que ofrece la pintura de una nueva miniatura, por lo que no me gusta repetir mecánicamente lo ya aprendido, sino que prefiero experimentar con cosas nuevas cada vez. Con ello también espanto el aburrimiento y la monotonía de mi mesa.

La figura es una veterana referencia de la firma Pegaso Models (54-012) Lo cierto es que es una pieza que nunca me había llamado la atención, a pesar de los “romanos” son mi debilidad, ni tenía intención de pintarla, pero cuando mi compañero turlurón, Chema García (que no soy yo, sino otro que se llama casi igual que yo...) me la propuso para un intercambio y la tuve en la mano, mi opinión cambió totalmente: se trata de una pieza excepcional, a pesar de los años que tiene, con un dinamismo y una expresividad, sobre todo en el rostro, plenos de fuerza, como por otra parte no podía ser menos, habiendo salido de las manos del genial Adriano Laruccia. La figura representa a un Centurión romano en los primeros tiempos del Imperio, por lo que más o menos comencé a tener clara su ambientación desde el principio. Y es que para mí el tema de la ambientación es fundamental; antes de abrir el primer bote de pintura necesito tener claro dónde está y qué va a estar haciendo el personaje en cuestión. En esta ocasión esa información me llegó más fácilmente puesto que a mi idea inicial ayudó lo que el propio personaje me fue relatando de su vida hasta llegar a la situación en la que ahora lo vemos. Durante los largos meses que pasamos juntos, compartimos confidencias y experiencias vitales y a cada pincelada surgieron ante mí retazos de una vida que llegaron a través de los siglos hasta recomponer el puzzle completo de la vida de Marcus Caelius, Primus Pilus, Centurión de la Primera Cohorte de la XVIII Legión de Roma.

Me llamo Marcus Caelius, Primus Pilus de la XIIX Legión de Octaviano Augusto, el egregio, a las órdenes, junto con la XVII y XIX de nuestro Legatus, el noble Publius Quinctilius Varus. Y en este bosque de penumbra, bajo esta lluvia incesante, sólo presiento malos augurios. Tres legiones completas, 15.000 valerosos soldados de Roma, más 9.000 auxiliares, muchos de los cuales son nativos de estas lejanas y frías tierras, y numerosa población civil compuesta por mercaderes, funcionarios y las propias familias de los legionarios, nos hemos adentrado por las oscuras sendas  en las que siento acechar el mal tras los árboles, oculto en cada rama. Acudimos en ayuda de las tribus amigas de Roma, que sufren asedio desde hace días y han solicitado nuestro favor. Pero algo no marcha bien desde el principio: Arminius, el caudillo Querusco, oriundo de estas tierra, pero educado en Roma y ya ciudadano como los más nobles de la Urbe, no ha partido con nosotros, como era de esperar. Ha solicitado permiso para salir antes en ayuda de su pueblo, llevando consigo un contingente más ligero. Sus movimientos han sido muy sospechosos y he intentado prevenir  a nuestro general ante una celada de Arminius, pero ha sido en vano. Varus es un hombre testarudo y ha ordenado la marcha de las tres legiones dando un enorme rodeo, evitando las ciénagas y los pantanos, hasta internarnos en este espeso bosque, en el que el lodo, la vegetación y la ausencia de senderos dificulta nuestra marcha. Quizás Varus no sea el mejor general de Roma, pero es mi general y a él debo obediencia. Mientras, la lluvia que cae inclemente sobre nuestras cabezas, nos martillea el cerebro a través de los cascos.

1.- El casco (Lacas Gunze-Sangyo)
Comencé la pintura de las partes metálicas por el casco para así tener lista la parte del rostro cuanto antes y pintarlo en primer lugar. Utilicé el método con el que estoy más familiarizado cuando se trata de pintar armaduras de metal blanco: las lacas de Gunze-Sangyo. Para mi gusto, ofrecen un acabado impecable y creo que es lo más parecido al auténtico metal que se puede conseguir con pintura. El modo de aplicarlas es el que explica Augie Rodríguez en este artículo en la página web de Lilliput: http://www.lilliputmodel.com/articulos/augie/armaduras1.htm Los secretos a mi juicio básicos para obtener un resultado óptimo son, en primer lugar dar una base de negro acrílico en dos o tres pasadas y dejarla secar bien, al menos 36 horas, ya que de no ser así, el duro tratamiento al que someteremos a la pieza en el momento del pulido haría saltar la pintura si la base no está firmemente asentada y seca; y, en segundo lugar, aplicar las lacas con un pincel grande sin insistir sobre la misma zona una vez que lo hayamos pasado, por muy mal que nos parezca que nos haya quedado o se note la pincelada. Por otra parte, lo único que diferencia mi método del que explica Augie es que yo prefiero aplicar las sombras directamente con óleo: Comienzo con el color sepia, lo que le confiere al metal un tono ahumado precioso, por lo que incluso lo aplico en algunas zonas de luz. Después, en las zonas de sombra profunda, aplico negro bujía difuminando hacia la zona de luz.

Tras más de 15 millas de marcha nuestros cuerpos comienzan a acusar la fatiga. Los movimientos se vuelven lentos y cada vez es más difícil mantener la formación. He tenido que azotar a varios hombres con la vara de olivo, pero en estas circunstancias el castigo es penoso también para mí. Incluso las bestias parecen más torpes y la retaguardia nos obliga a ralentizar la marcha más de lo debido porque las ruedas se atoran constantemente en el fango y es necesario detenerse y empujar los carros. Así que en estas largas horas de marcha, la cabeza da mil vueltas para evitar sentir el cansancio y las penalidades, y en estos momentos vuelven a mi memoria todos los sufrimientos y las mil batallas desde que me alisté hasta llegar hasta aquí. Cómo pasé de recluta a legionario y cómo, por mis méritos en combate, me fueron otorgados los rangos de Librarius, Tessearius, Optio y Signifer, hasta llegar a Centurión y, pasados unos años, Centurión de la I Cohorte de la XIIX. No sé si es un mal augurio recordar ahora todo esto, pero mi mayor gloria y honor son las Phalerae y los Torques que llevo sobre el pecho. Fue el propio Octavio, quien llamándome por mi nombre, me las impuso en Roma como recompensa, tras haber combatido en Hispania a las órdenes de Publio Carisio cuando, formando parte de la VI, aniquilamos la resistencia de Cántabros y Galaicos en Monte Medulio.

2.- La Phalerae (Humbrol Metal Cote)
Las condecoraciones en forma de medalla, sujetas mediante un arnés sobre el pecho, las pinté siguiendo el mismo sistema de pulir la pintura, pero en esta ocasión con las viejas Humbrol Metal Cote de color acero. Al igual que con las lacas de Gunze, di una base en negro acrílico que dejé secar las pertinentes 36 horas, y tras esta, apliqué la pintura metálica. El acabado que dan estos pigmentos es de un tono mucho más azulado y frío que los de Gunze, y quizás también menos realista que éstos. Al final, para lograr un resultado más contrastado, di unas luces con plata, también de Humbrol en los vértices y relieves de las monedas, y sombreé con una mezcla de óleo negro y azul ultramarina en los recovecos.

Pero, de pronto, unos alaridos ensordecedores me arrebatan de mis ensoñaciones. De detrás de los arbustos, sobre la copa de los árboles, diríase que de debajo de la misma faz de la tierra, surgen unas sombras amenazantes, rugiendo como enfurecidos seres del averno, blandiendo hachas, arcos y hondas. La cólera incendia sus rostros rubicundos, coronados por unas cabelleras rubias como el trigo o rojas como las llamas del Tártaro, y sus ojos, inyectados en sangre, casi fuera de sus órbitas se clavan en nosotros mientras avanzan enloquecidos. Una rápida mirada a mi alrededor me revela lo indefendible de nuestra posición. La larga caravana se extiende varios cientos de metros detrás de nosotros. Al fondo, ni siquiera se han percatado de que nos atacan, ocupados como están en sacar los carros del fango; los de la vanguardia estamos en una angostura del camino, por lo que es imposible desplegarnos en una formación de combate. Mis hombres están desconcertados, no saben luchar en esas condiciones. De pronto, los Cornices, hacen sonar las Bucinae, dando la alerta. A duras penas acierto a gritar una orden que sólo unos pocos alcanzarán a oir “Legionarii!! Signo sequute!! Ad ciem...Procedite!!!” En ese momento, como el rayo que anuncia la tormenta, el griterío se hizo ensordecedor: romanos y germanos bramando bajo la bóveda de las copas de los árboles de la que ningún eco podrá escapar. La lluvia arrecia en ese instante y al agua la acompañan las flechas de los arqueros bárbaros que abatieron a los primeros soldados, quienes murieron, con las gargantas atravesadas, sin saber desde dónde los atacan. Una piedra me golpeó en el pecho antes de que pudiese cubrirme con mi scutum y aunque la lorica amortiguó el impacto, sentí una llamarada en los pulmones. Y entonces...el infierno se desató.

3.- La cota de malla (Metal pulido)
Para pintar la lorica hamata o cota de malla de nuestro Centurión decidí utilizar un método que no había probado antes, aunque es bastante común entre los pintores de miniaturas: trabajar directamente sobre el metal pulido. Para esta parte me sirvió de mucha ayuda lo explicado por Danilo Cartacci en su libro Pintar en miniatura. Se trata de, una vez montada y preparada la figura, pulirla a conciencia, cosa que yo hago con lana de acero y no con minitaladro y cepillo por lo que pueda pasar...Una vez bien pulida y reluciente nuestra figura, enmascaré con Maskol toda la lorica e imprimé la figura. Cuando la imprimación seca, retiramos el maskol y de esta manera queda preservada toda la zona sobre la que trabajaremos. En primer lugar damos un lavado general con óleo color sepia, incluidas las zonas de luz. De esa manera, apagamos el brillo excesivo conseguido con el pulido, que en esta escala quedaría irreal. Insistimos con el sepia en las zonas de sombra y, por último, marcamos las sombras más profundas con lavados de negro bujía. También se pueden matizar un poquito algunas zonas con azules. Cuando el óleo hubo secado le di unos lavados, como señala Cartacci, de Smoke de Tamiya, pero tengo que decir que el acabado no me convenció porque le dio una apariencia “plástica” a la cota de malla (posiblemente no lo apliqué bien diluido), por lo que tuve que insistir con los óleos en algunas zonas. En próximas figuras evitaré el uso del Smoke porque me gusta más el acabado sin él. Los efectos de suciedad y óxido se consiguen con pequeñas aplicaciones de sombra tostada, siena natural y amarillo ocre.

Pronto el caos reinó a nuestro alrededor. Los germanos aprecían a nuestro lado como caídos del cielo cortando cabezas, atravesando los cuerpos con las propias pila de los soldados caídos o destrozando los cráneos con piedras. Nadie escapó de esa horrible pesadilla. Los gritos de los otros centuriones tratando de hacerse oír atraviesan el bosque, pero las cohortes son incapaces de sostener una formación. Los “barritus” de los auxiliares son ahogados por los alaridos de los bárbaros y en medio de esta vorágine de sangre y fuego, a lo lejos alcanzo a distinguir la silueta de Arminius, quien a lomos de su caballo contempla la batalla orgulloso y satisfecho de haber engañado y traicionado a Roma. Quisiera correr y hundir mi daga en su garganta, pero enterrado en el barro hasta las grebas, apenas puedo moverme de donde estoy.

4.- Las grebas (Tinta de imprenta y óleo)
Tanto las protecciones de las piernas, como las armillae (las condecoraciones de las muñecas) se pintaron con una mezcla de tinta de imprenta de color plata y óleo negro bujía. Se mezclan ambos hasta obtener un tono intermedio y se aplica a toda la zona extendiendo bien la pintura. Para las sombras, se añade más negro, y para las luces, más tinta de imprenta. Se repite el proceso de luces y sombras cuantas veces haga falta hasta conseguir el contraste deseado, llegando a aplicar el óleo y la tinta de imprenta casi puros en las zonas de sombra y luz respectivamente. El fundido de luces y sombras se hace hacia la zona media en fresco sobre fresco con un pincel seco y plano. Bajo mi punto de vista es uno de los métodos más sencillos para representar el metal y el resultado es muy parecido al obtenido con las lacas de Gunze.

No hay salida. El final se acerca y es inevitable. Sin capacidad de maniobra, estamos a merced de los queruscos. Algunos germanos con los rostros y los torsos desnudos empapados en sangre exhiben orgullosos las cabezas de los legionarios que acaban de cortar. El griterío y la confusión no cesan, apenas podemos avanzar dos pasos y cubrirnos con nuestro compañero, espalda contra espalda. Al chasquido húmedo de las espadas hundiéndose en las vísceras, le sucede el crujir de huesos de una espalda que se quiebra bajo una maza y cada vez son más numerosos los estertores de agonía. Desenvaino mi gladius. Moriré con honor.

5.- El gladius (Pinturas Alclad)
El método más novedoso que empleé en la pintura de esta miniatura fue la utilización de pinturas Alclad, habitualmente usadas en la decoración de maquetas de aviones, con las cuales pinté la espada o gladius. En primer lugar enmascaramos toda la mano de la figura con cinta de Tamiya dejando al descubierto sólo la hoja de la espada. Posteriormente aerografiamos negro brillante de Humbrol dejando secar un mínimo de 24 horas. El fabricante recomienda utilizar como base el negro brillante de la misma casa Alclad, pero como en el fondo se trata de esmalte, se puede utilizar Humbrol o ccualquier otro sin ningún problema. Estos pigmentos de Alclad son para aplicar exclusivamente con aerógrafo y no necesitan dilución, con lo que hice una mezcla de Steel y Polished Aluminium al 50% y lo apliqué sobre la hoja; las sombras las hice tirando Steel puro y las luces, con Polished Aluminium. El resultado es espectacular, por lo menos en una pieza tan pequeña. No sé cómo quedará en una más grande, pero para la hoja de esta espada es muy realista, sin necesidad de sombrear o iluminar con otras pinturas. Su acabado es muy similar al de las lacas de Gunze, con la ventaja de que no tienes que pasar el trabajo de bruñir la pieza. La “desventaja” es que hay que realizar todo el proceso con aerógrafo.

Una última mirada a mi alrededor me sirve para retener los rostros y los nombres de quien hace tantos años han luchado a mi lado cuerpo a cuerpo. Los guardaré en la memoria para cuando nos volvamos a encontrar en el Elíseo y llegue la hora de llamarlos uno a uno, en perfecta formación. De pronto un dolor punzante me atraviesa el muslo; una flecha abre una herida en la carne: es la primera sangre. A esta seguirá otra que será la definitiva. Alzo el escudo para protegerme de un germano que salta desde una loma blandindo un hacha, otros dos se aproximan por los flancos. Aprieto con fuerza la empuñadura de mi gladius y antes de que una lanzada me atraviese el costado y el hacha me rebane la garganta, acierto a gritar mi última e inútil orden: Scuta tollite!!!

6.- El escudo (Acrílicos)
Después de haber experimentado con todo lo que se me ocurría para pintar los metales, dejé para el final la técnica más sencilla. El umbo y las protecciones metálicas del escudo se pintaron exclusivamente con pinturas acrílicas: una mezcla de negro brillante de Vallejo y Boltgun metal de Citadel. Las luces, añadiendo más boltgun metal y las sombras, más negro brillante. Así de simple.

Y la séptima...El metal dorado
Todas las piezas de metal dorado se pintaron de la misma forma para conseguir un tono cercano al bronce: una mezcla de óleos negro, sombra tostada, pardo garanza de alizarina, siena natural y tinta de imprenta de color oro, con un toque de oro mongol de Bruguer (sí, sí, la pintura esa que se compra en droguerías). Alterando las proporciones o suprimiendo alguno de los colores tierra, se obtienen tonalidades diferentes. Las sombras se realizan añadiendo más negro al color base y las luces, tinta de imprenta y pequeñas aportaciones de oro mongol y fundiendo siempre en fresco sobre fresco.

El centurión Marcus Caelius murió, junto con casi 23.000 hombres mujeres y niños, el 9 de septiembre de 9 d. de C. Tres legiones romanas completas fueron aniquiladas por las tropas germanas lideradas por Arminius, hijo de Segimenus, caudillo de los Queruscos, en el bosque de Teotoburgo. Durante tres días se sucedieron las embestidas germanas que dejaron sembrado el bosque de 30.000 cadáveres, entre ellos el del propio Publio Quintilio Varo, quien acabó suicidándose anticipándose al destino de sus hombres. La llamada batalla de Teotoburgo marcó el fin de la expansión romana hacia el norte de Europa, teniendo que retirarse hacia el Rhin, cuya frontera nunca volvieron a cruzar.
El desastre del Bosque de Teotoburgo fue un duro golpe para el Imperio y para el viejo y cansado Augusto, quien, cuando tuvo noticia de la catástrofe, dicen que vagaba por palacio mesándose los cabellos y gritando “¡Quinctilius Varus, devuélveme mis legiones!” Después de esos funestos días, los números de la XVII, XIIX y XIX desaparecieron de los estandartes de las legiones romanas y no se les volvieron a asignar a ninguna otra.
El hermano de Marcus Caelius, Publius, erigió una estela funeraria en su honor donde da cuenta de su linaje, hechos y rango y autoriza a que los huesos de sus esclavos libertos sean enterrados junto a sus restos. En la efigie de dicha estela parece estar basada claramente nuestra figura.

Y esta es la triste pero noble historia del Centurión de la I Cohorte de la XIIX legión, el Primus Pilus Marcus Caelius, quien, a punto de asestar su postrer golpe, libra su último combate en la vitrina de mi amigo y casi tocayo Chemita. ROMA VICTRIX!!!

 

Junio 2008